Dylan es el vivo ejemplo de que el punto de partida no define el destino. Partiendo de un diagnóstico de autismo severo, y gracias al amor, la constancia y la disciplina diaria, ha logrado avances que durante mucho tiempo parecían imposibles.
Nunca imaginé que una hiperactividad tan intensa pudiera desaparecer. Hoy, Dylan es un niño sin hiperactividad, que poco a poco va alcanzando sus objetivos y dejando espacio al conocimiento en toda su expansión. Lo digo desde el corazón: los cambios existen. A veces llevan tiempo, a veces años, pero llegan. La clave está en perseverar cada día y no desvanecer nunca.
Dylan demuestra que se puede llevar una vida totalmente normal y que nada es imposible. En su momento fue juzgado por crecer escuchando francés; hoy lo entiende perfectamente, rompiendo una vez más barreras y estigmas que aún pesan sobre muchos niños.
Pero Dylan es un ser fuera de lo común, y no por su condición, sino por lo que desprende. Por todo lo que entrega cuando estás con él. Incluso sin lenguaje verbal, Dylan transmite paz, energía y amor. En una sola palabra: amor. Representa el amor más puro que existe en un mundo cada vez más hostil.
Estar con Dylan nos devuelve, aunque sea por unos instantes, a nuestros orígenes más humildes y más puros. Dylan no juzga, ama sin límites. El rencor no forma parte de él, y su forma de sentir nos enseña más de lo que muchas palabras podrían expresar.
¿Cómo no ser una guerrera caminando a tu lado?

